28 abr 2008

Cerca,

en el campanario, hacía más frío de lo habitual, y a través de las llanuras se avecinaba la noche cargada de lluvia. Una cuerda deshilachada y vieja dormía los años en medio del silencio, bajo la sombra de una campana ciega. De vez en cuando hacía suficiente viento, y la cuerda se movía casi dos centímetros de su posición. Y de repente del otro extremo, a través del túnel que desembocaba en el ala lateral de la iglesia, capitas de polvo se alborataban ligeramente sobre un suelo sin huellas, oscuro y cargado de bancas. Abandonadas, las bancas; nadie madrugaba para sentarse sobre ellas. Ahora que el pueblo había terminado de agonizar, la soledad como un manto lo invadía todo y se regodeaba a su gana, comiendo hasta reventar de los recuerdos del aire. No se percataba del día, ni de la noche, porque no les temía. En esos valles asfixiados por la sequía apenas y soplaba el odioso viento de vez en cuando, imposible de contener, moviendo centímetros de cosas, desordenando ligeramente su reino. Maldito. No podía hacer nada, pero era tan débil, siempre tan débil el viento, que daba igual.
Silencio, soledad...nubes, nubes, nubes. Esa noche llovió. Esa noche, cuando llovió...

La soledad rugió, se removió hasta sus cimientos; lloró con rabia y se extendió a través de todo el espacio para llenarlo de quietud, pero como no escampaba, ni lo haría en muchas horas; no tuvo más remedio que abandonar las plazas, las casuchas y los recovecos, para correr a refugiarse bajo los fuertes cimientos de la catedral, y esperar, salivando odio, a que terminara todo. De forma que se quedó dormida, acurrucada sobre sí misma hasta que amanezca. Y entonces, cuando salió vio que todo el pueblo era un charco, las calles antes invisibles, ahogadas por el polvo y la decadencia, asomaban su rostro débilmente, volvían a delimitarse. Pero el sol de medio día no tardó en apagarlo todo. Pasaron semanas, dos. Y la plaga que se alimentaban del recuerdo, dueña de todo lo baldío, volvía a deslizarse limpiamente sobre sus dominios. Eran días en que la vieja cuerda del campanario no daba señales de vida, y la campana seguía ciega; pero una tarde se sintió más frío del habitual. A través de la llanura habría podido observarse ejércitos de nubes oscuras viniendo. Esa noche llovería, y la otra, y la otra. Durante semanas la desolación iba a temblar, escondida en su rincón y de día saldría a reparar sus tesoros de quietud, sin más herramienta que su trabajo, que se mueve lento, con los años. Soportaría, curtida en desastres, trajinada en la inundación, días y meses, como una ciudad siendo sitiada.
Y un día, cuando el primer hombre vuelva, cuando sus hijos de nuevo crezcan sobre la misma tierra; los ecos de la vida se comerán la soledad, y tal vez la vieja cuerda se sacuda los años de polvo, y poco a poco, la campana recobre la vista.

25 abr 2008

Extracto de viejito


Estaba esperando el fin de año, y ciego. El reloj de la iglesia había tocado las once hacía poco tiempo. Una hora, una hora para año nuevo... pero quién sabe, la verdad es que el cura a cargo era muy viejito, y se le escapaban las cosas más elementales... como ajustarle la hora al reloj de su iglesia, que llevaba atrasado un tiempo indefinido de forma que quizás, el cieguito simplemente estaba como sonsito pendiente de la llegada de un año que acaba de comenzar hacía quién sabe cuánto tiempo.
-Una monedita, por caridad...
Clic, sonó la monedita.
-Gracias, gracias, gracias...-agradecido era el cieguito mendigo. Y tontorrón, porque el mocoso palomilla había sacado su lapicero y Clic, hizo sonar la latita. Le hizo mucha gracia y su novia se rió también como quien no quiere la cosa; y a medio camino se regresó hasta el mendigo. Clic, otra estafadita. Soy bien gracioso, se dijo.
-Gracias, gracias, gracias papá....-Mongol.

Cuando el reloj tocó las doce, la gente en los alrededores no hizo más que reírse, jeje, el curita está cada vez más viejo. Porque el año nuevo en realidad había sido ayer, y por otro lado el reloj sólo estaba atrasado un par de minutos.

Por su parte, el cieguito recogió sus cosas, vació su latita y, córcholis, el viento hizo Puf sobre su mano. No había ninguna moneda. Se rascó la cabeza un buen rato, porque le picaba mucho y porque no sabía qué se le hicieron las monedas. Se retiraba ya, maldiciendo, cuando el curita octogenario le salió al encuentro con una mano alzada y a punto de echarle la bendición al pueblo, por lo del año nuevo. Pero se topó con el cieguito y se le derramó íntegra la bendición. Sin embargo, emocionado y muy amante del prójimo, le saludó afectuosamente. De la misma forma le respondió el otro. Y se abrazaron los dos viejitos, a las puertas del dos mil "x", porque en realidad aquel año viejo había sido bisiesto, osea que duró un día más y en el fondo el pueblo estaba equivocado y ellos tenían la razón.

23 abr 2008

royalito


Levantó la silla sobre su cabeza y la arrojó a través del balcón. Una pata golpeó en el marco y cayó girando hacia la calle, entre Tamarit y el mercado Sant Antoni. Hizo lo mismo con la lámpara, aunque estaba enchufada y se destrozó el tomacorriente con el impulso, pero la recogió y la volvió a tirar. Los libros, los cd's, incluso la lata de basura. Arrojó la habitación entera por el balcón y cuando ya no le quedó nada, y viéndose aún con la amargura dentro; se sacudió el alma que cayó a grandes grumos gelatinosos sobre el suelo. Los arrojó todos. Los de los nombres, rutas, conocimientos, música, gustos, canciones, fechas, y libros que se leyó. Todos, incluso familia, comidas, conciencia, y una que otra lámpara que también había dentro de su cabeza.

No fue que terminó sino hasta muy tarde, cuando sus brazos dejaron de responderle. Cayó con los ojos abiertos y sin morir. Seguía respirando porque aún estaba vivo, como una planta.

En la calle, los que habían logrado hacerse con algún trozo, comentaban con asombro acerca de su vida.

19 abr 2008

Fbck hace diez años

La sala-cueva había sido linda.

Cuando llegó la sombra del sol, lo cogió de lleno en el rincón bajo las escaleras, con una media salida y legañitas en el ojo izquierdo.
La sala-cueva...oh, la tele samsung...
oh, el control remoto en su forrito Vinifan ...todo el frescor de la sala-cueva...(sacada de lengua a la luz del sol)...
mmm... caracho, dónde me habré dejado yo la otra media??...
oh, el chapulín... ya empezó, maratón del chapulín... 3 horazas de chespirito...ouooohh.


(Narrador)Oh, Hidrandina...Oh, es Domingo, apaguemos los generadores........Pluf! se fue la luz.

Tardó un poco en comprender que no vería Chapulín esa mañana. Caracho. Encontró su otra media y se sacó la legaña.
-Kitty!
-miau (qué)
-Vamos a jugar. Tú eras el caballo de este muñeco.
-miau (no gracias)
-Bien, y tu caja de arena era el desierto.
-miau (está de caca)
-Vamos, kitty.
-Ya ps, qué voy a hacer...(miau!).

18 abr 2008

The magic of giving

Este es un comercial que no vi en su momento, tiene más de un año; pero como en internet las cosas pululan sin fecha de caducidad, me lo encontré recién jeje... un ejemplo de anuncio.

17 abr 2008

a veces quiere desaparecer

Hoy llovió y después que llovío, volvió a llover. Y los ricos pusieron un embudo en sus piscinas y una tabletita celeste para azular el agua.

Luego paró, pero volvió a llover. Y así todo el día. Salía el sol y se volvía a ocultar. Llovía cuando iba a la academia... llovía cuando estaba en la academia... llovía cuando estudiaba en la academia, cuando hacía un chiste, cuando no hacía un chiste, y cuando salía también. Llovía cuando iba a la biblioteca, llovía aún mientras trataba de estudiar y el ventanal de en frente mostraba que incluso granizaba líquido o algo así, luego se veía un rayo y después sonaba el trueno (porque la velocidad de la luz es más rápida que la del sonido, me dijo mi papá hace la pera de años). Y cuando dejó de llover, luego volvió a llover.

*biblioteca joan miró*

Un señor con pinta de alemán hippy, auque talvez español, nunca se sabe; le daba golpecitos a las hojas de su libro y luego se peleaba con una bolsa de plástico. Al final se rindió y guardó su libro en la bolsa, se puso la camisa y se largó.

Breve momento en el que pienso que está loco, luego también pienso que de repente soy muy cuerdo, o que a lo mejor el señor es un alma libre y le llega todo a su alrededor, porque ahorita mismo lo veo largarse mientras todavía llueve estilo diluvio. Señor, oiga, está lloviendo, oigaaaaaa...

-Tun Sie nicht Störung!!
-Salud.

Tal vez como es alemán no me entendió. Tal vez como no lee mentes, tampoco se enteró de que le hablaba.
Entonces le pregunto a Edgar Allan Poe, pero no me hace caso, Edgar, edgar, edgar... el gringo está ocupado contando la historia de otro gringo que se llama Usher. Bueno, bueno; le digo, pero que conste que eres muy descriptivo para mi gusto.

*bicicleta camino a la casa de mi primo*

...sin manos, sin manos, sin manos, sin manos....(charco de agua, la rueda patina...ay caracho, casi me saco la ñuña).

*casa de mi primo*

-Claro, me dice, como soy negro me pones ejercicios trancas, pérate que llame a mis colegas.

-Tamáquina, si no eres negro; eres payaso!

-uhhhh, osea que no puede haber payasos negros...


*Vuelta a mi casa, bicicleta*

sin manos, sin manos, sin manos, sin manos...

*Casa*

habichuela's tears
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6 abr 2008

emmm...taxi?

Bajó muy apurado los documentos, pisó un charco de sol que se filtraba de un árbol y se preparó para sudar. No, no se quitaría la casaca. Los bolsillos del pantalón apretaban mucho y se le haría muy difícil luego comprobar a cada rato que tenía dinero para pagar el taxi. Y no sólo el dinero, sino su móvil, y las llaves de casa, doradas y viejas que parecían del cofre de algún abuelo. Todo a la mano, por si se le ocurre sospechar que se dejó algo en casa y no estaba para pagar otro taxi de vuelta, más que nada porque ya casi eran las diez y la mañana se le escurría. Como sudor inexistente incluso, ahora que no había ningún taxi en el paradero. Bueno, esperaría uno; además, mira, allí viene...no, el letrerito con el foco ámbar, eso significa que está ocupado. No cómo en Perú, que de eso te enteras cuando el taxi pasa de largo y te deja como tonto con la mano alzada, y por ciego además.

Los minutos se escurrían y ya casi como su sudor que se anunciaba, allí por la frente, con él de pie sufriendo un sol que en realidad no quemaba mucho, medio gay todavía porque el otoño no se termina de ir. Se rió de esto último, y también se acordó del mar sin olas, por si fuera poca la asociación. Cuando se le atraviesa un viejito. Y entonces reflexona para sí: viejito con plata, viejito que no se deja morir. Porque no son pocos, la verdad, los abuelos que uno ve por la calle, los sanos, digo, porque los otros también andan metidos en alguna residencia. Menos éste que, como decía, se le atravesó delante y le ganó el taxi. Bueno, dijo él, al cabo que se lo iba a dejar. Y era cierto poque ya sabía que si no, luego le vendría el remordimento, viejito bajo el sol, esperando, se aburre, y el calor lo adormece, quién sabe tal vez y daba un pasito más adelante y splash que lo arrollaba un motero. Motero que por lo general siempre es la antítesis del viejito: niño imprudente que no toma taxi porque tiene moto y así liga más, hasta que se accidenta. Pero el caso es que el abuelo no se llegó a accidentar porque se cogió el taxi primero. Y Habichuela (quién más podía ser) dijo: bueno, me espero otro. Aquí hubo un silencio, hasta consigo mismo, muy incómodo, y al cabo decidió que el otro taxi sería suyo. Pero no venía ninguno, y él ya casi, nótese casi, se impacientaba. Para entretenerse se acordó del miedo de estarse dejando algún documento, revisó todo con paciencia, muy bien. ¿Y el dinero?, no, no había problema, también lo traía; y empezó a tranquilizarse.

-¿También esperas taxi?
Una señora muy enternecedora de rostro maternal, tal vez con semanas de embarazo, se le acercó delante de su esposo para preguntarle.
-Ah...sí-(sonrisita no cuesta nada, y la señora es tan linda que aunque me cueste un ojo de la cara le sonrío).
Ahí no más llegó un taxi y el hombre se hizo a un lado para que Habichuela lo tomara, pero esto casi ni lo dudo. La pareja llevaba un bolso grande y gordito, color celeste como de bebé, y encima tenían cara de que iban a ser unos padres estupendos y que iban a criar unos hijitos muy pero muy buenos que serían médicos de alguna ONG.
Y cedió su taxi, de nuevo, contento, aunque esta vez ya un poco preocupado de estarse demorando más de la cuenta. "El otro es mío" , "el otro es mío", se repitió como siempre que se repetía las cosas, mucho le gustaba repetirse las cosas, a veces no le bastaba con pensarlas; en especial cuando algo no le salía.

-Esperas taxi, ¿no?
Una chica, más joven que la madre modelo, e irremediablemente linda, no, madre no, le faltaban años, pero sí con una cara de que iba a ser una tía maravillosa para los niños médicos de la ONG. Y justo allí, tentador, se avecinaba el otro taxi, letrerito verde de vacío, muy encendido. Habichuela dudó, dudó mucho. Miró a la tía de los niños médicos, luego al taxista, al letrerito verde, el reloj de su móvil, y por último se miró así mismo imaginariamente, se acomodó un cabello y estiró el brazo.

Ella sonrió muy buena, como que se esperaba que le cedieran el taxi, mentalmente ensayaba un "gracias, por mis sobrinos". Lo cierto es que el joven ése, sin mirarla cogió y se subió a su taxi, incluso le dijo al taxista acelere o algo así, y se largó; dejándola sin nada, qué falta de consideración.

-Pero si soy la tía más buena del mundo-gritó.
(Aquí es necesario aclarar un poco, por si acaso. Nótese que dijo tía en el sentido de tía de algún sobrino. Y que dijo buena, no en el sentido de estar buena, sino en el otro, de ser buena).

La verdad es que Habichuela ni la oyó. En ese momento estaba perdiendo y volviendo a encontrar el dinero del taxi.