Sueño, tenía mucho. Y es cierto que coincide con la depresión, el aburrimiento, la tristeza. Pero, siendo quien es, principalmente era sólo sueño; la tristeza ya estaba suficientemente amordazada. Debajo de la garganta, como si se hubiera desayunado una cosa rara. En realidad casi no había desayunado. No tenían mucho dinero, a esas alturas del viaje, y su padre no había insistido cuando él le dijo que no tenía hambre.
-En el avión ya me darán algo.
Comió galletas de ayer y un jugo de naranaja, embotellado, que se cargó el esmalte de sus dientes. Tiraron el resto. Sacaron las maletas del armario y cuidaron de no dejarse nada. Saliendo del hotel, la postal odiosa de siempre. Blanco y negro, blanco y negro; todo en una coctelera, bien agitado por un barman ridículo y listo, ta-tan, la ciudad gris.
Ya subiendo al taxi se disculpó con el barman, no tenía nada en contra de su ridiculez, es que es esta ciudad, o tal vez ni siquiera sea la ciudad, es la tristeza, nomás eso. Sólo que tampoco ayuda, nada de esto, nada ayuda; decía.
Hay veinte mil rutas, desde el hotelucho hasta el aeropuerto. Y cada vez que iba, el taxista se aseguraba de tomar una que no el no conociera. Por eludir peajes, o porque, la verdad, señor, no me ubico bien todavia, jeje. Y así, de forma que, con sendas maletas que llevaban atrás, él y su padre siempre contemplaban la posibilidad de que les roben. Y se la pasaban sufriendo todo el viaje, porque la vez pasada el taxista no se metió por esos pampones, no papá?, le decía con una mirada. Y su viejo asentía. Pero al final nunca les pasaba nada. Un cartel salvador de: "Aeropuerto -> " les dejaba respirar tranquilos. Sólo para volverse a angustiar, porque aún faltaba la espera. Es que llegaban algo de cuatro horas antes, primero porque así es su viejo, cuatro horas antes por si acaso, y segundo porque se aburrían de mirar la tele. Y cinco meses después el se quejaba, papá, me olvidé de decirte que aquí la tele también aburre, una cochinada, papá. Programas inútiles donde discuten si una vieja momia está saliendo con el bueno para nada moreno, o si con el rubio. Me aburre, y, es cierto la tele de Perú también aburría. Pero aburrimientos que me conciernen, al menos eso, papá; se quejaba. Y luego de colgar, miraba a su alrededor y recordaba que su vida se había movido, como un trozo de tierra. Además de las fronteras, el Perú termina en el aeropuerto, pensó. La puerta de salida. Se le habían quedado tantos puñados de tierra, demasiados. Y esa última vez que le vio, todavía faltaban cuarenta minutos para el embarque. Podía quedarse más tiempo, esperando como espectro, pero es igual.
-Anda, ya.
-Sí, creo que ya.
-Cuídate mucho.
-Sí, tú también...bueno. Chau.
No lloró, no. Él tampoco. Se lo tragó todo y al cruzar hasta la sección de pasajeros, vio que el aeropuerto continuaba. El pasillo enorme, interminable, abarrotado de tiendas lindas y turistas felices de la vida, porque ya se largaban, Cuzco precioso, eso sí, o la ciudad que sea, cualquiera que hubieran visitado, pero Lima no, Lima es sólo un coctel: blanco y negro, blanco y negro, agitado todo por un barman ridículo.
Y eso le hizo gracia, coincidían mucho.